miércoles, 9 de junio de 2010

Semillas de maldad

Tengo buenas fortuna con mis amigos, pero no siempre fue así. Ha sido un reto arduo aprender a lidiar con las personas más allá de sus muchas veces insoportables trancas y manías, como suele suceder, muchas de ellas reflejos invertidos de las mías.

Cuando era chico prefería mil veces conversar con los amigos de mi papá o de mi tía que con los niños de mi edad, la mayor parte de ellos criaturas burlescas que no hacían más que poner de relieve mi temprana y evidente disociación de aquello que la mayoría de la gente consideras como "cotidiano" en pos del olvidado y muchas veces rarísimo"sentido común." Los adultos no. Ellos admiraban mi conocimiento enciclopédico y mi encantadora simpatía a tal punto de que, felices, accedían dejar de lado un rato a mis parientes para dedicarme unos minutos. Sea lo que fuere la emoción que los motivaba, yo me sentía el centro del mundo.

Sin embargo, no era con todos los adultos. Para acceder a mis simpatías, debían poseer algun grado de elegancia o excentricidad, y saber sostener una conversación medianamente decente. Los "otros" adultos, aquellos que me parecían vulgares, maleducados o demasiado "rascas" sólo recibían mi más profundo y asoluto desprecio, sumado a la extrañeza del por qué gente como "esa" gozaba de tanta cercanía con mi familia (aclaremos aquí que estamos hablando de plena dictadura y que mi mayor contacto con la realidad era Martes 13 y el noticiero "60 mentiras")
Pronto descuriría que muchas veces "las apariencias engañan" y por ese entonces conocía gente inteesantísima como un misterioso hombre que le decçiamos "El cesante" que de vez en cuando se quedaba conversando con nosotros en los juegos infantiles y que vivía contándonos historias fraudulentas acerca de lo pobre que era, el "lolosaurio" un hombre delgado, moreno y arrugado de aspectro noble y muy humilde que se encargaba de cortarle el pasto a los vecinos, al cual prefería frente a otro, más joven y fornido, de bigotes anchos y melena de bacinica (la misma de mi odiado primo mayor) al cual una vez llegué a decirñle en su cara que me parecía una persona "rasca", y otros tantos que de elegante y distinguidos no tenían nada pero les sobraba el ingenio, la picardía o la nobleza.

No tenía la noción entonces de que los adultos viven encerrados en un mundo de ilusiones creado a su propia medida desde hace más de mil años. Para mí las criaturas nefastas eran los otros niños, los que decían garabatos, meaban en cualquier parte, se reían de mi ropa vieja y sucia (no entendían que la llevaba para no arruinar la nueva, esa que sólo se usaba para salir) y de mis modales afectados. Y como no me entendían, yo no era capaz de entenderlos a ellos: vivía la perfecta ilusión etnocéntrica de todo niño mimado.

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