Y así, de pronto, mis dramas existenciales se vieron relegados a un rincón. Un mensaje telefónico con un número me salvó de la inercia que venía arrastrando hace meses, la cual había adquirido vida propia y a través de este blog se había exhibido sin pudores ni vergüenzas, apoderándose de mi existencia desprovista de todo excepto de la deliciosa ironía, una manifestación postrera de la resiliencia que usualmente aborta mis coqueteos con el delirio surrealista desatado.
Y me convertí en garzón. Así, sin más preámbulos que una charla informal donde ni siquiera me pidieron el famoso currículo, me vi integrado de súbito al trajín de ofrecer menús y servir almuerzos a oficinistas y profesionales que, como yo mismo en alguna otra encarnación, recurrían a cualquiera de estos restaurantes que ofrecen comida "de la casa", a estas alturas verdaderos clásicos nacionales, para saciar sus apetitos estimulados tras una intensamente tediosa jornada laboral.
De sobra sabía que en medio de tantas preocupaciones importantes, y con un sueldo miserablñe que era preciso estirar, el garzón era apenas un aderezo en el decorado habitual de los almuerzos, invisible en su eficiencia, y evidente apenas en sus errores, que eran destacados con la virulencia propia del estresado que los utiliza como excusa para desatar su tensión acumulada. En la Municipalidad de La Serena un colega que no nombraré era especialmente escrupuloso al respecto y protagonizó un par de escenas memorables reclamando por la carne del pescado recocida, el servicio con manchas de grasa y el té servido con la hervidora en la misma mesa en la que estábamos comiendo. Fuera de eso, en la CMP las meseras eran simpáticas, y en el Minuto Noventa había un garzón espcialmente insufrible que hacía gala de sus sarcasmo a la hora de tomarnos los pedidos a los periodistas que almorzábamos ahí con bonos de colación. ¿Propinas? Ni pensarlo... habían asuntos más urgentes en qué pensar...
En la burbuja propia de todo aquel que jamás en su vida se vio en la obligación de trabajar para ganarse el pan y que más encima recibió una excelsa educación universitaria jamás se me había ocurrido que algún día yo también serviría mesas, ni menos, que cuando lo hiciera, saliesen a relucir en mi prejuicios que ilusamente creía superados.
Porque da pudor, sobretodo cuando a uno le toca atender a gente con la que alguna vez uno se topó en circunstancias más horizontales, o acaso ese pariente que siempre despreciamos por simplón. Uno se enfrenta a la conmisceración de los colegas preocupados ante los cuales encarno la pesadilla del profesional universitario hecha carne, al desprecio de las señoras a las cuales no les interesa que uno solo debe encargarse de atender con cortesía y sin equivocarse a nueve mesas más, muchas de ellas con personas igual de importantes que esperan hace un rato mucho más largo, al escrutinio inmisericorde del comensal al cual le parece que "no se ve bien" debatir o vestirse de tal o cual manera...
Y finalmente, darse cuenta que todas aquellas miserias son apenas rabietas sin sentido, porque el oficio de garzón no es ni más ni menos que un trabajo más, tan relevante como insignificante, tan entretenido como rutinario, nada humillante ni vejatorio para ninguno de nosotros. He aprendido a tomármelo como un juego, como una actuación, y mientras estoy en el set me esfuerzo, aún con los señores que ni por travesura piensan darme propina porque, tal como a mi en algún momento, simplemente no les nace, ni se les cruza ni remotamente por sus ocupadas cabezas.
No es mi vocación, ni el trabajo soñado, pero tampoco la tortura que imaginé en mis delirios inertes. A ratos incluso llega a ser entretenido jugar a ser invisible y servir sin distinciones. A veces me salgo del rol, por travesear, y hago reir a los niños que se aburren mientras los papás comen, o deslizo un comentario al pasar, uno de mozo... inofensivo. Las pesadeces las ignoro olímpicamente y las esquivo con más azúcar.
Y cada día voy construyendo el camino que me lleva a la inspiración, al alimento, al mundo del arte que está ahí, en los comedores, en el balanceo de los platos de cazuela hirviendo que debo llevar a destino sin que se derramen.
A
jueves, 19 de agosto de 2010
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