Desde que a algún bienintencionado europeo se le ocurrió que era buena idea traer a un par de palomas para alegrar los jardines de alguna plaza local que estos bicharracos se han extendido a lo largo del país sin ningún control, para llegar a un momento histórico en el cual son amas y señoras de la mayoría de las ciudades que conozco: están en las pintorescas casonas de Valparaíso y en los aburridos edificios comerciales de La Calera, en las casonas de madera Ancuditanas y en las frondosas arboledas de Buin: allí están, y para mi hace rato que dejaron de ser algo admirable, desde que llegaron a mi barrio... y a mi casa.
Antes, mi abuela solía alimentar gorriones con migas de pan y desde que dejamos de tener perros el 2003 todo resto de comida iba destinado a "los pajaritos." Podría aociar mi infancia a esos gorriones que vivián en el damasco de la comadre Berta (mi vecina) y, según mi abuelita, le contaban todo lo que pasaba alrededor. Cuando aparecieron "ellas" no volvieron a verse los gorriones, y si bien en un principio me parecía romántica la idea de escuchar su gorjeo en las madrugadas románticas de mi fase más alternativa, pronto cambié de opinión.
No recuerdo si dejaron de gustarme a mí o fue el hecho de que a mi abuelita le dejaron de gustar y me hizo partícipe de su antipatía, pero puedo inventar que fué cuando comenzaron a anidar en el entretecho del taller de mi abuelo y ella me pidió a MI que hiciera algo. Así que una tarde me animé, agarré unas tabñlas viejas sin usar y unos clavos y me dediqué a la tarea de tapiar todos y cada uno de los huecos del entretencho por donde se metían hasta que me di cuenta de que si lo hacía quedarían encerradas unas pequeñas que no alcanzarían a salir, e ingenuamente les dejé un huequito para que salieran.
Craso error: las palomas no sólo siguieron allí sino que además arrancaron alguna de las tablas que había puesto, así que la segunda vez no tuve compasión. Esa tarde clavé tablas encaramado como un mono, mientras recordaba y comprendía al Pirata Sam, al Coyote y a tantos otros cazadores incomprendidos que hacían el loco en las pantallas de mi niñez, y sobretrodo a aquel capítulo de Matrimonio con Hijos (la gringa, ignoro si aquí lo repitieron) donde Al Bundy debe enfrentar a los conejos que arrasaban con su jardín y parecían burlarse de cada una de trampas que éste les ponia cada vez más sulfurado y rabioso.Así me sentía yo frente a aquellas sucias ratas con alas que una vez más harían pedazos mis esfuerzos, pero no... no nos adelantemos tanto. Al otro día, despues de cumplkir mi misión, pude contemplar con verdadera satisfacciób cómo los malditos bichos se acomodaban tozudamente en los bordes del entretecho al verse imposibilitados de entrar a sus viejas madrigueras. No obstante, la sensación de triunfo pronto se esfumaría y fdaría paso a la rabia al darme cuenta que esos sucios insectos decidierton desquyitarse eligiendo el techo de mi pieza como centro de convenciones nocturnas: ahí no pude escapar más de sus horrorosos gorjeos.
Sin embargo, al tiempo después se me hicieron costumbre y me olvidé, como suele suceder en esos casos. A ratos alzaba la vista y me encontraba con el cruel recordatorio de mi derrota, y me volvía la rabia; entonces pensaba en venenos, escopetas a postones y una serie de soluciones descabelladas. Una vez, mi abuela y yo fuimos a preguntar a una ferretería, inconscientes de que, al parecer, según la delirante legislación chilena, matarlas es un delito (me imagino que el idiota que las trajo tuvo algo que ver con eso)
Porque, amigos míos, las palomas en Chile son una PLAGA que no posee depredador natural, por tanto, no existe una autorregulación en su población y su presencia altera el equilibrio natural de cualquier ecosistema. Además, transportan una serie de parásitos y enfermedades. La pregunta es ¿Por qué ninguna autoridad figurona se ha preocupado del tema? ES uno de los tantos enigmas sin resolver...
Por ahora, las palomas se han mantenido en su teritorio conquistado. Cada vez que entro al taller les golpeo el entretecho con lo que tenga a mano para que no se olviden de mi, y cuando salgo al patio con mi abuela juego a tirarles piedras aunque sé de sobre que cuando se arrancan en realidad realizan un vuelo circular para luego volver a la misma posición. Pero nadie asegura que mantengan su posición; es más, ya han dado muestras de querer ampliar sus dominios, apoderarse de lo que queda de nuestro hogar. Pero ese tema será para otra ocasión...
jueves, 8 de julio de 2010
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