miércoles, 23 de junio de 2010

Cesante

Después de fingir por once meses que pintaba (poniéndole todo el empeño, para ser justos) estoy empezando a darme cuenta de que estoy cerca de los 29, cesante, con un título universitario de periodista que para lo único que sirve en estos días es para criar polvo en el living y ninguna otra habilidad que me permita ganarme la vida honestamente.

Uno de mis amigos intelectuales lo había vaticinado, durante alguna aburrida tarde de caña dominical. Yo, por supuesto, no lo escuché. "Algún día vas a dejar todas esas fantasías hippies y te vas a dar cuenta que no estás insertado en el mercado, que no posees experiencia laboral, y a esas alturas, ya va a ser tarde" fueron sus proféticas palabras. Sin embargo, sigo alimentándome de fantasías hippientas, así que quizás sea cierto que los oráculos no son más que placebos para nuestras mentes confundidas, como también solía repetir.

En fin, estoy cesante. Por lo menos aún tengo un hogar, comida caliente y algo de plata para darme vueltas mientras reviso las páginas del diario por internet (después de trabajar ahí no sé si volvería a comprarlo) me doy cuenta que para todo piden una experiencia que ya no tengo y que no se puede comprar (para que vean que no todo lo importante tiene valor comercial) al tiempo que sinceramente no me imagino ni de vendedor de tienda con su uniforme planchadito, ni en ninguno de esos locales de comida rápida que me vería obligado a consumi.

Me pregunto cómo sería trabajar de reponedor de supermercado alguna vez, recorrer esos pasillos pulcros y llenos de cosas rellenando las bandejitas de productos, algo que hace algunos años se me antojaba infumable y ahora es meditado con detención cada vez que recorro los pasillos de algún supermercado. O en alguno de esos autoservicios al costado de la carretera, o alguna tienda llena de personajes bizarros, como en alguna de las películas independientes que ahora sí tengo tiempo de ver. Quizás lo termine descubriendo, o quizás me termine desvaneciendo antes, o acasdo algunba conjunción cósmica me salve, no pierdo la fe.

Acabo de ver un cortometraje de Michel Gondry llamado "Tokyo" donde la protagonista, una chica japonesa en mi misma situación, descubre que posee el extraño don de convertirse en silla, y así un músico la lleva a su hogar y así, convertida en un objeto, descubre la felicidad. A veces pienso que sería feliz siendo un cuadro, una repisa o un catre, sobretodo estos fríos días de invierno después de madrugar en internet adquiriendo cada vez más conocimientos inútiles, o extraviarme en conversaciones delirantes con personas que si bien trabajan o estudian no dejan de inventarse dilemas existenciales para tener algo en qué pensar. En Coraline uno se da cuenta que es muy distionto crearse una realidad a la medida para escapar de la monotonía a abrir los ojos y darse cuenta que la monotonía también es mágica.

Es invierno, hace frío, duermo de día, navego de noche, estoy cesante, no tengo ganas de hacer nada y sin embargo escribo, observo, me río, comparto, aprendo y no dejo de estar vivo aunque para los políticos no sea más que un porcentaje infinitesimal en una planilla excel y las multitiendas no cesen de ofrecerme tentadores créditos y tarjetas que no quiero utilizar. Sueno posmoderno, y me voy dando cuenta que la gracia del beatnik era ofrecer la cotidianeidad como modelo oracular, o al menos así me acomoda pensarlo. Y ya no se me antoja tan extraño escribir acerca de mi. Soy cesante, y de alguna torcida manera, lo disfruto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario