Durante mi época gótica-tardía descubrí que me gustaba la tranquilidad de los cementerios, de mochilero me he dado el gusto de conocer varios y debo reconocer que me siguen pareciendo lugares muy interesantes a pesar de que encuentro ridículamente sinsentido los ritos mortuorios en general, y evito asistir a funerales de seres queridos porque prefiero quedarme con sus recuerdos en vida y si voy a alguno es más por consideración a los sobrevivientes que por otra cosa.
Sin embargo, dentro de mi familia el cementerio se vuelve una representación simbólica de la insansa convivencia que sostenemos los integrantes del diluido núcleo familiar al cual pertenezco, y eso lo vuelve súper entretenido, a pesar de lo folclóricamente feo que es el cementerio de Coquimbo con sus mausoleos cuadrados, sus tumbas llenas de calcomanías, peluches, esas tenebrosas tarjetitas musicales, esas inspiradas frases cliches con impresentables faltas de redacción y todos esos detalles kitsch que no pueden faltar en una ciudad tan kitsch como ésta.
Mi papá es ateo, pero desde que su padre (mi abuelo) murió, va religiosamente al cementerio casi cada fin de semana. Como a él no le gusta comprar flores, no encontró mejor sucedáneo que comprarle una macetas de quiscos, que gracias a sus ciudados se ha ido multiplicando hasta el punto de llenar el nicho. Además, cada ida al cementerio él la transforma en un peregrinaje trascendental en el cual visita a la mayoría de los parientes que tenemos enterrados allí: la tía Olga, hermana de mi abuela, en vida una mujer flaca y huesuda que amaba los cigarrillos, los abrigos de tweed y dueña de un temperamento explosivo y feroz; el bisabuelo Julio: peluquero, carpintero, fotógrafo, guitarrista y don juan, entre otras cosas, de quien presumo heredamos nuestras gracias artísticas; mi tata, no menos interesante que los anteriores aunque por ahora prefiero pasarlo por alto, y mi bisabuela Gavina, según quien la recuerde una abuela querendona o una suegra intrigante e insoportable merecedora de escobazos.
Mi querida tía también visita el cementerio, y cada vez que lo hace, ordena los quiscos de manera distinta para que sus flores resalten y así se queda hasta que mi papá vuelve a visitar el cementerio, y así sucesivamente. Ellos no se hablan hace años, pero mantienen un diálogo ininterumpido a través de los elementos del nicho. Cada vez que convenzo a mi abuela ella elige descabelladas combinaciones de colores y a los otros parientes les deja aunque sea tallos de claveles (a lo Morticia Addams sin ninguna referencia directa) y yo le prendo un incienso o le dejo pequeñas obras de arte que cualquier visitante podrá apreciar los días en los que mi tía no se ha aparecido.
Son rituales, así como otras familias almuerzan juntas los domingos, o ven televisión, nosotros nos encontramos en el cementerio, por separado, sin ser góticos ni posmodernos.
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